Sábado, Mayo 19, 2012
   
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El libro de las nubes

 

Fuente: Reforma
Por Guadalupe Loaeza

"Siempre estás en las nubes", solían reprocharme, constantemente, mis monjas del colegio francés. Es cierto, entonces, nada me gustaba más que abstraerme de las clases y refugiarme en mi propia nube, sensación que me causaba un bienestar indescriptible. Desde allí, vigilaba si mis compañeras copiaban en los exámenes; desde allí, observaba todo lo que hacía la directora, pero sobre todo, desde allí pensaba que nadie podía alcanzarme y mucho menos invadir mi privacidad. Con ese mismo sentimiento, sentada en mi nube, devoré la espléndida obra de Chloe Aridjis.

Tatiana, protagonista de El libro de las nubes (editorial Fondo de Cultura), ganadora del Premio Mercurio de Francia, como la mejor primera novela extranjera, 2009 (traducida en ocho idiomas y muy elogiada por Paul Auster), empieza a escribir sus vivencias en Berlín, el 11 de agosto de 1986. Entonces tenía 14 años, y acababa de hacer un largo viaje con su familia por toda Europa. Berlín era la última etapa. Una noche, después de cenar, Tatiana fue con toda su familia a una manifestación contra el muro, "la verdadera cara del comunismo", como acostumbraban decir sus padres, al referirse, asimismo, al "ícono de la guerra fría". Eran las doce de la noche, cuando decidieron tomar el metro en la estación de Gleisdreieck. De pronto en medio de un tumulto de pasajeros, Tatiana descubrió a una anciana casi centenaria, con una mascada en la cabeza que le enmarcaba una frente sumamente ancha, una cara cuadrada y unas mandíbulas particularmente masculinas. Lo más llamativo de todo era su mirada oscura y negra y un cuadradito sombreado allí donde hubiera debido estar el bigote. "Como la tenía justo enfrente, la pude observar perfectamente, y cuanto más la miraba, más convencida estaba de que ella era... sí, sí, ella era... Hitler. Hitler viajando al oeste... Es Hitler -me dije-, no hay ninguna duda de que es Hitler". Lo que más exasperaba a Tatiana era que entre más señales le hacía, desde su lugar, a sus hermanos y hermanas, más la tiraban a lucas. Casi al borde de un ataque cardiaco se preguntaba cómo era posible que 40 años después de la guerra se encontrase frente a frente "con el demonio en persona, aquel cuyo solo nombre arrojaba una sombra sobre casi cada uno de los paisajes de mi joven existencia...". Tres años después de esta extraña vivencia, cayó el Muro, y Tatiana crecía al mismo tiempo que los frutos de su imaginación iban madurando de más en más.

Al cabo de unos años, regresó a Berlín, ciudad en la que Tatiana se convirtió, a lo largo de cinco años, en "una profesional del tiempo perdido", lapso en el que jamás encontró a alguien con quien pasar los domingos. "Existe la soledad, pero luego existe el sentimiento de estar solo en la vida. La semana de lunes a sábado estaba marcada por la soledad, pero el domingo esta soledad se endurecía". Hay que decir que Tatiana, hija de padre mexicano y madre norteamericana y con varios hermanos, demasiado parlanchines y competitivos, había elegido viajar a Berlín, "el ombligo del mal", precisamente para esta sola, más no para padecer la aterradora soledad de los domingos. Por añadidura, no lograba consolidar una relación sentimental, no tenía trabajo, el dinero que le enviaban sus padres se le esfumaba en un dos por tres y por las noches dormía mal, a causa de los ruidos extraños que escuchaba en su edificio. A pesar de todo, "no tenía ningunas ganas de regresar a México". Finalmente encuentra un trabajo el cual consistía en transcribir de un dictáfono a la computadora documentos que había dictado anteriormente el Herr Doktor Friedrich Weiss, historiador de la ciudad de Berlín tanto occidental, como oriental. Un día, a raíz de un texto que trataba de dibujos hechos por niños de Berlín oriental durante la Guerra Fría, el jefe de Tatiana le propone que realice algunas entrevistas, especialmente al entonces niño de seis años que había dibujado: "a una familia de hormigas, pertrechadas con canastos de comida y gorros de invierno, arrastrándose por debajo de la obra de ciento cincuenta y cinco kilómetros de longitud". Al leer lo anterior, imaginaba toda enternecida, al papá hormiga, a la mamá hormiga y a los hijitos hormigas, huyendo y caminando con todo cuidado por debajo del muro. Los imaginaba muertos de frío, pero sobre todo, de miedo, por temor a ser aplastados por un par de botas de la policía alemana del este. El autor de este dibujo se llamaba Jonas Krantz cuya "boca no se cerraba nunca completamente, y tenía una rajita entre sus labios, que les hacía parecer en estado permanente de espera, dispuestos a comer o besar o contestar a una pregunta". Jonas ahora se dedicaba a la meteorología, porque era la única actividad que le daba la sensación de libertad. Su interés concreto eran las nubes. Desde que tenía nueve años, imaginaba que tenía un jardín de nubes y que las alimentaba todos los días para después de unos meses de educación desatarlas de sus raíces.

Si quieren saber aún más acerca de esta maravillosa y muy entrañable novela, los invito hoy martes, a las 18:30 horas en la librería Rosario Castellanos. Allí estarán la joven autora, de ojos claros y serenos, Chloe Aridjis, y los presentadores Guillermo Fadanelli, Pablo Boullosa y yo. Habrá vino de honor, pero sobre todo, descubrirán la noche de amor entre Jonas y Tatiana, la verdadera personalidad del historiador Weiss y muchas nubes y sombras "y los otros fenómenos que engendra la imaginación humana".

 

 

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