Sábado, Mayo 19, 2012
   
Text Size

Buscar

Acceso Rapido

Poesía y prosa iluminada de Homero Aridjis

Por Eduardo Farah
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla


 

Es difícil definir a Homero. Por un lado tiene 41 títulos publicados, que están al nivel de los literatos más ilustres, pero en su manera afable de ser y su mirada reflexiva se nota una sensibilidad que ha logrado extraordinarios libros de poesía y de ficción, como: La tumba de Filidor, Antes del reino, Mirándola dormir, Perséfone, Los espacios azules, El poeta niño, El último Adán, calificado por Luis Buñuel como una fantasía futurista en la que el Apocalipsis será obra del hombre y no de Dios, hasta las tres novelas históricas traducidas a una docena de idiomas como son 1492 Juan Cabezón de Castilla, Memorias del Nuevo Mundo y El señor de los últimos días, que pasa en el año mil de nuestra era. No debemos olvidar sus libros más recientes: Los poemas solares y Diario de sueños, así como su novela Los Invisibles, que tiene lugar en París.

Cuando leo la obra de Aridjis me impresiona siempre el lenguaje tan acabado, que me hace pensar en antologar las frases en un libro de aforismos. Sus personajes se entretejen en la realidad de un mundo imaginario, entre fantasmas, antiguos dioses mexicanos y seres fantásticos, todo con un sentido dramático de humor negro.

Conocí a Homero Aridjis en 1960, en la colonia Juárez (aún no llamada Zona Rosa), siempre sencillo y sonriente, dispuesto a una tertulia con los muchos escritores, actores, intelectuales, artistas e inquietos personajes que convergían de todas las colonias de la ciudad y de la provincia a buscar la creativa libertad que floreció ahí por un par de décadas.

Los libros de Aridjis me los encontré por diversos países y me enteré de que está traducido a varios idiomas, y es el poeta vivo de nuestro país quizá más conocido en los medios literarios del mundo. Incluso uno de los pocos que se veía en la televisión europea dando opiniones sobre diversos temas, como la ecología, a la que ha defendido apasionadamente a través del Grupo de los Cien desde los ochenta, logrando que el gobierno estableciera santuarios para la protección de la mariposa monarca, la tortuga marina y la ballena gris.

A pesar de la importancia de su obra literaria y su labor en defensa del medio ambiente, extrañamente en México casi no se le menciona, quizá porque nunca participó en los grupos de autoelogio o mafias literarias, y ser solitario en este país debe tener un precio.

Interesante es que sus dos hijas Cloe y Eva, la primera una escritora que con su novela El libro de las nubes, traducida a varios idiomas, ha ganado el premio para la mejor novela extranjera traducida al francés en 2009, y la segunda es una cineasta que con sus documentales de largometraje Los niños de la calle y La Santa Muerte ha ganado premios en festivales internacionales. Con su película de ficción más reciente Los ojos azules dará mucho de que hablar.

Incluimos poemas de sus libros Poemas solares y Diario de sueños. Uno, en especial, dedicado a Rufus, su hermoso perro pastor que nos recibía con fiestas y sonidos hermosos como si fuera un ser humano.

 

Perro espectral

A Rufus

Lo vi venir corriendo por el aire 
en respuesta a la voz que lo llamaba en vida. 
Todo era luz en las praderas de la tarde. 
Todo era ausencia en los cuerpos presentes en la calle. 
Su pelambre amarillo estaba descolorido; 
sus orejas negras, transparentes. 
A mi lado ya no emitía los ruidos 
con que celebraba mi retorno después de las separaciones, 
ni corría de un lado a otro para festejarme. 
Jadeó su afecto y me extendió la pata. 
Yo atravesé su pecho con la mano, 
yo acaricié su hocico inconsistente; 
sus mandíbulas estaban desencajadas 
y sus ojos abiertos ciegos. 
No sé adónde se había ido desde aquella noche 
en que lo dejé dormido a la puerta de mi cuarto 
y al amanecer no lo encontré esperándome. 
Venía de un lugar donde no hay comida 
y para beber sólo hay luz oscura. 
Como a una sombra nadie 
lo había llamado por su nombre.
Rápidamente nos reconocimos. 
Le puse la correa roja en el cuello 
y con la pata impalpable abrió la puerta. 
Era hora de su paseo y salimos a la calle. 
Pero en la esquina, nos desvanecimos.

 

 

blog comments powered by Disqus
Find us on Facebook
Follow Us