Hace unos días mi esposa y yo regresamos al Distrito Federal donde nacimos. Decidimos regresar a Polanco, donde habíamos vivido, para comer en la zona comercial frente al parque. Era la tarde de un agradable sábado y estábamos sentados en el borde del restaurante donde circula la gente por la banqueta.
Empecé a contar cómo cada minuto o menos una persona se me acercaba y nos pedía algo. Después de un rato me empezó a molestar la insistencia de las manos extendidas y las continuas ofertas, observando que las mismas personas daban la vuelta a la manzana cada determinado tiempo. Le pregunté al mesero porqué había tantos solicitantes de dinero, a lo que contestó con una sonrisa de aburrimiento que “así es a diario”. Me recordó a Acapulco en su peor momento, cuando había filas en las playas de pedigüeños, vendedores, niños que movían el ombligo y hasta prostitución, razón por la que dejamos de ir al puerto.
Me incomodó el ruido de los que ingerían licor en las mesas aledañas y el generado por un constante desfile de músicos, de los que no pude saber si eran mediocres o malos, pues había un tumulto de gentes y gritos en un espacio de banqueta reducido. Éstas se volvieron parte de los restaurantes y la gente camina lentamente por el espacio restante entre empujones, tratando de torear al que viene. En la calle había empleados de empresas de valet parking además de mucha gente esperando o bajando de autos.
Que pena por esta zona, que la conocí cuando aun no llegaban los restaurantes y tantos comensales, pero me pregunto, ¿cuánto les va a durar el gusto a los dueños de los negocios antes que esta colonia decaiga como la zona rosa?, y ¿que será igualmente de Prado Norte pues ya se parece a esta área?. Hay que cuidar lo bueno, igual que hacen las ciudades civilizadas... debería actuar Demetrio Sodi.
Lic. Antonio López
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